Sócrates


 

Socrates

Cuentan que cierto día se encontró Sócrates con un conocido que le dijo:

– ¿Sabes lo que oí de tu amigo?

– Espera un minuto, dijo el filósofo, antes de decirme nada, me gustaría que pasaras un pequeño examen; yo lo llamo el examen del TRIPLE FILTRO.

– ¿Triple filtro?

– Así es, antes de que me hables sobre mi amigo puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que me vas a decir. Por eso lo llamo “examen del triple filtro”.

El primer filtro es el de la verdad: ¿Estás seguro de que lo que vas a decirme es cierto?

– No, realmente solo lo escuché y …

– Bien, entonces realmente no sabes si es cierto o no. Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el de la bondad: ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?

– No, al contrario.

– Entonces quieres decirme algo malo de él, pero no estás seguro de que sea cierto.

Pero aún podría querer escucharlo porque queda un filtro, el de la utilidad: ¿Me serviría de algo saber lo que vas a decirme de él?

– No, la verdad es que no.

– Bien, si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno e incluso no me es útil. ¿Para qué querría saberlo?

La amistad es algo invaluable, nunca pierdas a un amigo por algún malentendido o comentario sin fundamento.

¿Qué es la verdad?


 

Boca de la verdad

El rey estaba pensativo y ausente. Se hacía muchas preguntas, entre las que destacaba su preocupación por que los hombres no consiguieran ser mejores. Para buscar respuesta a este último interrogante, llamó a su presencia a un ermitaño que vivía aparatado en el bosque dedicándose a la meditación. Por su fama de sabio y ecuánime fue llevado a palacio donde el rey le dijo:
“Muchos hablan de tu conocimiento del hombre. Me han dicho que apenas hablas, que buscas reconocimiento ni persigues el placer, que nada posees salvo tu sabiduría”.
“Eso dicen, señor” –contestó el ermitaño quitándole importancia.
“De la gente es de quien quiero preguntarte.” –Dijo el rey–. “¿Cómo podría yo conseguir que sean mejores?”
“Sobre esto puedo decir” –contestó el ermitaño–, “que las leyes que emanan de tu poder no son suficientes en modo alguno para hacerles mejores. El hombre ha de cultivar actitudes y practicar formas de actuación para alcanzar una verdad que es de superior nivel y llegar a la comprensión clarividente. Y esta verdad de orden superior no tiene apenas nada que ver con la verdad de la ley”.
El monarca, sorprendido, quedó enmudecido. Luego reaccionó: «Lo que sí puedo asegurarte, ermitaño, es que con mi poder por lo menos puedo conseguir que todo el que esté en la ciudad diga la verdad”.
El sabio sólo respondió con una leve sonrisa y el rey ensoberbecido mandó construir un patíbulo en la plaza de la ciudad y puso vigilantes en la puerta de la ciudad que controlaban a todo el que entraba. Un heraldo anunció al pueblo: “Todo el quiera entrar en la ciudad será antes interrogado. Si dice la verdad, se le franqueará el paso, pero si miente, será ahorcado en la plaza”.
Tras pasar la noche meditando en su bosque, el ermitaño, se encaminó lentamente a la ciudad y cuando llegó a sus puertas el vigilante le preguntó: “¿A dónde vas?”.
Con grave serenidad el sabio dijo: “Voy a la plaza para que me ahorquéis”. El capitán afirmó: “Como no hay motivo, no será así”.
“Al parecer afirmas que he mentido y por tanto tienes que mandar ahorcarme”.
“Pero si te ahorcamos” –repuso el oficial– “habremos conseguido que lo que has dicho sea cierto y, entonces en lugar de ahorcarte por mentir, te estaremos ajusticiando por decir la verdad”.
“¡Correcto!” –dijo el ermitaño sin inmutarse–. “Ahora podéis ir al rey a decirle que ya conoce la verdad… ¡su verdad!”.

De: Gestión del conocimiento.com